martes, 08 de septiembre de 2009
Publicado por Danimann @ 11:26
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Y tú vas conduciendo alegremente con tu coche-topolino lalalaralá todo feliz agradeciendo el sol en tu cara y el aire acondicionado en tus bajos. Nada te hace esperar lo que te aguarda a la entrada en Nápoles; la épica batalla que estás a punto de librar. Bueno, sí; primero entras por una especie de barrios un tanto chungos donde no sabes si hay más inmundicias que personas o al revés. Y cuando te quieres dar cuenta del error de entrar en el centro urbano en coche al despuntar el mediodía, ya es demasiado tarde, has abierto la caja de Pandora y te vas a comer todos sus males, con patatas. 

Eres parte de la marabunta, y has de moverte con ella como un sólo ente pluricelular para no sucumbir y convertirte tú mismo en desecho. Eres parte del caos de la conciencia colectiva de las calles napolitanas. Sorprendido sin aviso, sin respiro y con la tensión a punto del colapso, buscas una salvación, un punto de referencia, algo que te recuerde mínimamente y a lo aprendido en casi 20 anos tras el volante. Sea un semáforo, un ceda el paso, un paso de cebra, un intermitente...utopías. En la ciudad sin ley (de tráfico al menos), el reino de Hades, sólo hay una manera de sobrevivir; convertirse en napolitano, en bestia parda acosador de huecos y violador de preferencias de paso. En Cancerbero sobre ruedas. Sólo los fuertes sobreviven.

Y tú lo sabes, así que aprendes rápido la lección. Cada centímetro, no, cada milímetro cuenta y aún así cada vez que te alzas victorioso por haber mantenido tu carril o haberlo podido cambiar con éxito, viene el motorino lanzado desde la dimensión desconocida, cual mercurio a la carrera y trunca tu victoria en amarga derrota. Por lo menos te pita para advertirte que o te paras y le dejas pasar o te puedes despedir de ese retrovisor tan mono que tienes, bambino. 

Esos objetos bípedos que hábilmente torean el flujo de glóbulos rojos, blancos, amarillo y de otros colores, no tienen mayor preferencia. No por ser peatones dejan de ser a su vez conductores y acomodan sus frágiles cuerpos a las leyes de la entropía napolitana, perfectamente integrados a la misma. No hay que mirarse a la cara, no hacen falta gestos, la bocina es superflua y los intermitentes son ese gracioso complemento inutil que toda machina lleva de serie; menudo despilfarro. No, simplente has de convertirte en tráfico, vivir con él, ser parte de él, para entenderlo y seguir su compás. 

Te conviertes en un boquerón más del banco acosado por los delfines. Sabes hacia dónde has de moverte por un impulso interno, un instinto de supervivencia llevado al extremo. Aún así tienes miedo. Ves en todos los demás automóviles del torrente las cicatrices de cientos, miles de batallas libradas dia a día, en una eterna batalla de aurigas en sus carros de combate con cuchillas en la ruedas. No se salva ninguna marca o modelo. Aquí un arañazo, allí un golpe, un retrovisor que cuelga o falta del todo, un coche ciclópeo, unos enganches que una vez sujetaron con orgullo un parachoques ahora inexsistente, muchas veces alegres combinaciones de todos los anteriores.

Sabes que los golpes están a la orden del día y que nadie va a parar si sucede uno, y que el motorino que te meta el primer rayón ya estará dos manzanas más allá en cuanto te de de tiempo a bajar la ventanilla mentarle a su madre. Y aunque ya te has convertido en napolitado de adopción forzosa, tiene miedo al ver los trofeos de guerra colgando en la totalidad de los coches y te das cuenta de la dura realidad; tú llevas poco más de 10 minutos en esta guerra y tu culo aún es tierno.

Y te dices que eres un buen conductor y que a más feas te las has tirado, pero no es así. Más feas que ésta nunca te has encontrado, y ahora estás en mitad del ojo del huracán y no ves que vaya a escampar. Frustrado ves que tu GPS te manda una y otra vez a calles más saturadas y rotondas que te obligan a realizar filigranas de Cannonball o que te mete por callejuelas sembradas de ropa secándose a la altura del techo de tu coche y de abuelos sentados en sillas de las que no se levantan aunque les pases a un suspiro de la arrugada naríz, mientras te dedican alguna queda maldición italiana.
Entonces constatas que no fue tan buena idea coger un hotel justo en medio de Nápoles, te dices, pero ya es demasiado tarde. La reserva está hecha y has de llegar a él. Por lo menos el internet decía que tenía parking propio. Tu salvación, un sitio donde parar y detener la vorágine que te ha envuelto. Piensas con ánimo que lo vas a conseguir, que de momento no va del todo mal, dadas las circunstancias.

El tráfico se para, se atasca. No tienes salida ni por detrás ni por los lados. Bueno, por los lados no tienes salida en un mundo civilizado, pero ya sabes que en éste mitológico país de las maravillas todo se rige de otra manera. Así que inflamas tu vena napolitana y cruzas con decisión y golpe de volante sobre el paso de cebra que queda a tu izquierda. Transversalmente, se entiende; como un peatón más. Y no pasa nada, es de lo más normal. Has llegado a otro carril y eso era lo importante, así que continúas por tu hueco hasta llegar cerca del hotel, te dice la amable senorita del GPS. Lo que no te dice que para acabar de llegar a buen puerto aún has de superar con éxito la prueba más terrible; has de pasar por el remolino de Caribdis, que te espera impaciente tras haber esquivado en múltiples ocasiones las garras de Escila.  

Y la descripción no es desacertada, pues se trata de una pequena rotonda en obras desde el tiempo del Duce que absorbe como un desague el tráfico de 4 avenidas. Sin semáforos, sin señales, sin principio ni final. Entras empujado por la masa motorizada de boquerones aunque en éste caso no quieras seguirlos como uno más. Pero sabes que pararse es morir, así que te zambulles en el desagüe, y Caribdis se ríe complaciente, ansioso de contarte entre sus muchas víctimas y limpiarse las encías con tus huesos o los restos del chasis de tu coche. Si lo miras friamente, es prácticamente imposible alcanzar la segunda avenida de salida, pues te encuentras en el centro del ojo mientras tus vecinos de noria y los omnipresentes motorinos pugnan por salir del mortal remolino por encima de tu cadáver, pero de alguna manera lo logras. Sí! Dulce triunfo! Sales a la avenida de tu hotel mientras Caribdis ruge de furia y frustración y clama por su presa. Ya volveras, te dice, no podrás evitar mis cantos de sirena y entonces serás mío. Y sabes que tiene razón y que te tocará de nuevo combatir a la fiera en su propio elemento y en desventaja, pero ahora tienes nuevas aventuras que recorrer. Un nuevo capítulo de tu Odisea donde eres el Ulises protagonista y tu mujer –Natalia- hace las veces de un aterrorizado Telémaco que no sabe donde meterse tras haber visto el accidente delante de sus ojos en los últimos 10 minutos más cerca y en más ocasiones que en los últimos 10 años haciendo sus veces de copiloto (o copilota).

Y entras pues a la avenida de tu hotel. Es una de las más céntricas. Qué alegría, qué alboroto, te dices. Qué pringao que soy. Y mira que tenía buena pinta. Y de hecho, sería una localización ideal caso de ser Nápoles una ciudad normal, ya que el hotel “Dei Decumani” se encuentra dentro de un antiguo palazzo a escasos 50 metros de la catedral de Nápoles, en la Vía del Doumo.

Ésta vía es una avenida de unos 1000 metros de larga con un carril para cada lado y aparcamiento en cada acera sin un sólo hueco libre a esas horas. Y en llegando al hotel, no ves que tenga parking por ningún lado. Y no puedes parar delante de la puerta sopena de crear un tapón plaquetario que por algún lado habrá de reventar. Así que sigues adelante con la esperanza de encontrar algún sitio libre, pero no lo hay. Así que has que volver atrás, cosa que logras primero callejeando de nuevo por esas rutas estrechas del abuelo enbanquetado. Los abuelos son otros, pero te parecen iguales. Abuelos sin fronteras o algo, deben de ser.

Y tras lograr hacer el cambio de sentido (no sin antes cometer lo que serían unas 5 infracciones graves en el mundo civilizado) vuelves a acercarte al hotel, y a pasarlo. No hay ningún sitio libre, y la avenida se acaba y desemboca en la bestia del averno que se relame al verte llegar inexorablemente a sus tentáculos de acero y caucho. Pero dejas a Caribdis con un palmo de narices con una pirula maestra y vuelves a probar suerte cerca del hotel. De nuevo, nada. Y de nuevo el abuelo cebolleta con su banqueta, u otro parecido, el anciano minotauro guardián del laberinto de angostas callejuelas. Así que cuando regresas al hotel de nuevo en dirección al remolino maligno, tomas una decisión drástica. Paras el coche y le dices a Telémaco, que te mira asustado y asombrado, que aquí te quedas, que yo voy al hotel a registrarnos y luego ya veremos; si alguien te dice algo en cualquier lengua extraña o no, tú le respondes que “guau guau” tras la ventanilla subida, a ver si cuela. Tras la súplica de rigor, le explico que aparcar así en Nápoles es normal y que no pasará nada y que si es ella quien quiere subir y yo quedarme aquí. La idea la aterroriza aún más, así que asiente compungida y acurrucada en su asiento, entonando sus mejores “guaus”  con cara lastimera.

Así pues dejo varado al Odiseus con ya una cola de impacientes italianos detrás y cruzo rápidamente el portal del hotel. La primera impresión es desazonadora. Oscuridad, mugre, más abuelos de la loggia de la banqueta...una garganta oscura que me engullía y de la que esperaba saliera una hidra en el momento más inesperado. Valerosamente subo los primero escalones buscando el hotel, pero sólo me encuentro con una sala de tortura camuflada como salón de  tatuajes. Pega en el conjunto, me digo, pero evito distraerme al pensar en la valiosa carga que he dejado en mi Fiat Panda de alquiler – La Machinetta- así que sigo subiendo rumbo a lo desconocido. Por suerte está ahí, el hotel existe. No es un mito. La mujer que me atiende es un dechado de simpatía y de desconocimiento de lenguas extranjeras y logro de ella que me acompane a recoger las maletas de mi varada embarcación a la par que me deja entender que ellos de parking privado nastis, que unas calles más allá, cerca de un senil banquetero, hay un parcheggio, o algo similar y que buena suerte signore cliente.

La caravana se iba extendiendo tras la Machinetta y su atemorizado vigilante, al que no el quedaban más “guaus” en su repertorio, y además venía una ambulancia chillando, pues se le debía andar marchitando el contenido. Ya cayó un abuelo, pensé mordaz yo. Así que mi nueva amiga del hotel se hizo cargo de las maletas y yo entré a lo Indiana Jones en el coche y salí picando rueda (cosa meritoria en un coche de 1.100 cc) y volví a pirular a Caribdis en para dirigirme al parking indicado. 

El parking era otra aventura en sí. Eran los bajos de una casa, con coches dentro y un paisano que me recordaba a Curro Jiménez, pero en feo, como celador. La cochera tendría unos 60 m2 y un montón de columnas. Algo así como esos parkings de mercadona de barrio, pero más angostos. Aparqué donde me indicó, que era cerrandole el paso a un 206. Salimos y, como el local no era muy selecto que digamos y mayormente queríamos ir al hotel a registrarnos y salir zumbando de nuevo de esa ciudad de locos, le dije que bon giorno, signore Jiménez, que nosotros turis tiernos y querer parcheggio sólo por 10 minuti, que luego salimos zumbandi.
Tras dejar de rumiar lo que fuera que tuviera en la boca, me miró con cara de “éste es tonto” y me dijo que si, que lo que quisiera y que le dira las llaves del buga.
Natalia me preguntó que si en serio se las iba a dar y claro, yo tenía que dar sensación de seguridad con un “non ti preocupari, yo controlo, esto por aquí es normal”, cosa que no me creía ni yo, pero alguien ha de hacerse el héroe y dar sensación de seguridad en mitad del incendio.

Tras registrarnos y comprobar que por lo menos la habitación era bastante digna aunque hasta la pintura de las paredes fuera del ikea, fuimos a ver si el coche seguía donde estaba para volver a hacernos a la mar. Y no estaba. No, estaba un par de sitios más allá, pues el del 206 había tenido que salir. Tras ello el Curro Napolitánez nos atracó, aunque sin usar una 7 muelles, y hubimos de desembolsar 3 euracos por los prometidos 10 minutos, pero por aparcar en una zona VIP como esa, lo que sea oye. 

Después saltamos sin más demora de nuevo a la aventura. La misión principal era salir lo antes posible y sin percances de Nápoles en dirección a Pompeya (cuyo más relajado viaje podréis ver en breve, sino está ya colgado, en mi página web) y la misión secundaria era volver lo más tarde posible para ver si la gente se iba a sus respectivos sobres y  el tráfico mermaba. Por suerte fue así, y a las 11 de la noche el tráfico napolitano era un paseo, en comparación a lo vivido horas antes. Incluso Caribdis estaba dormitando plácidamente con la panza llena de rozones y faros astillados. 

Quedaba el tema de la pernoctación del coche. Había 2 posibilidades; o bien arriesgarse en la avenida y encontrar un sito donde aparcar a la intenperie, en la ciudad que más carteristas y chorizos debe tener a éste lado del Atlántico, donde veías los coches con unos cepos al volante que ni el simpático Hulk arrancaría a mordiscos, o bien aparcábamos en el parking-tetris de lujo cutre a 3€ la fracción horaria. Nos dedimos por lo primero, ya que teníamos seguro de robo, o eso queríamos creer. Encontramos un aparcamiento justo delante de la catedral, pero resulta que la avenida es zona azul, para más inri, y que cobran a partir de las 8, y que el único expendedor de billetes de toda la avenida, llora amargado cuando le tocas los botones pero no suelta billetes.

Así pues decidimos levantarnos pronto y salir antes de las 8 del estresante centro. Claro que para esas horas la gente va a currar y la ciudad se empieza a levantar. Al percatarnos, decidimos dar gas dirección a la autopista. Sólo teníamos la autopista en mente, cual oasis en mitad del extenso desierto. Y después de bastante combatir con el resto de los coches y motorinos y ver al tráfico engullirse a un infeliz autocar extranjero que no sabría dónde se metía, llegamos a la entrada a la autopista...como el resto de cientos de italianos que usaban la circunvalación para ir al tajo. 

Entonces es cuando de nuevo y sin mascarlo, nos encontramos de nuevo en mitad de la marabunta. Lo que debía ser la salvación casi fue nuestra perdición. El acceso a la autopista eran 2 avenidas de 2 carriles cada una que se juntaban en “Y” formando un hermosísimo cuello de botella. Y además en rampa.
Donde los ingenieros habían diseñado anchos para 2 vehículos, los conductores italianos habían logrado optimizarse para entrar 4 y además 3 motorinos. De nuevo y te conviertes en bestia o pereces, mayormente aplastado con la mediana que inexorablemente se acercaba a nuestro flanco derecho. Eso si, siempre había sitio para un motorino. O dos. 

Por fin nos hicimos a la autostrada y nos dirigimos en dirección a Gaeta, cuya bonita historia podéis disfrutar un par de artículos más abajo. De nuevo, regresamos lo más tarde posible, que fueron así como las 10 de la noche. Volvimos a aparcar en la calle y de nuevo pernoctamos en nuestro stand particular del Ikea. 

Hay que decir, tras todo el estrés y aventuras, que logramos salir de Nápoles con el coche intacto y sin un solo rasguno (la franquicia de mi seguro a todo riesgo nos lo agradeció ). Nos salvó en parte mi pericia al volante y que el coche era pequeño y por lo menos sale airoso en distancias cortas. Con un coche familar no habríamos tenido ni una oportunidad. 

Y es una lástima. Nápoles en sí debe ser una ciudad preciosa. El caso es que entre superpoblación, camorras, basuras y problemas urbanísticos se ha convertido en el cuadro que es hoy en día. Por desgracia no es una ciudad para visitar en coche. Si vais, id en tren, avión o en autobús, en bicleta (cuidado no os la gilen) o a dedo, incluso peregrinando a pata, pero no se os ocurra aventuraros en las calles napolitanas con vuestro propio coche o el ajeno. Siempre acabaréis en los brazos abiertos de Caribdis o el laberinto del abuelo minotauro. Y de seguro que no siempre dejan escapar tan ricamente a sus presas para que luego relaten en un blog su Ilíada de bolsillo.


Tags: Nápoles, viaje

Comentarios
Publicado por Pastelinka
viernes, 11 de septiembre de 2009 | 16:43
he,he,he teraz to sie smieje ale wtedy wogole nie bylo mi do smiechu. a wiec pamietajcie: do neapolu bez samochodu!!!
Publicado por Bisagraman
miércoles, 30 de septiembre de 2009 | 13:23
Já ti říkal. Drobná zvířata, která v Neapoli. Cikáni jsou nejobávanější v jižní Itálii.

Ani jsme se zastavili na semaforech. A tam byl ohňů v ulicích (v srpnu)
Publicado por Bisagraman
miércoles, 30 de septiembre de 2009 | 13:25
Já ti říkal. Drobná zvířata, která v Neapoli. Cikáni jsou nejobávanější v jižní Itálii.

Ani jsme se zastavili na semaforech. A tam byl ohňů v ulicích (v srpnu)
Publicado por Invitado
miércoles, 30 de septiembre de 2009 | 15:06
Jeg siger ya. Bittesmå dyr, der i Napoli. Sigøjnere er de mest frygtede i det sydlige Italien.

Vi hverken standsede ved trafiklys. Og der var bål i gaderne (i august)
Publicado por Danimann
jueves, 01 de octubre de 2009 | 8:17
Joer Bisagras, quítate la patata de la boca (por no decir algo más fuerte XD ) que hablas el húngaro pero que muy mal...

(qué mielda de traductor has buscado, tío? )Muchas risas
Publicado por Karmen
martes, 06 de octubre de 2009 | 0:19
joope! qué recuerdos...la primera vez como peatón en Roma, cuando mi hermana me decía "pero pasa" y se lanzaba a la marabunta de coches en un "o paras o te paro yo"...pánico!!y a Turquia, a la India...sitios donde no cogería el coche jamásSonrisa Gigante