Si algún día váis (improbable, pero no imposible) de viaje por la costa Napolitana, hacia el norte, en dirección a Roma y no a la demasiado machacada e hiperturística costa Amalfitana, o lo que sea, no dejéis de pasaros por una ciudad costera que de seguro se merece vuestra visita: Gaeta. Por lo menos su casco antíguo.
Gaeta (o Galleta, como en broma la llamábamos mi parienta -Natalia- y yo) no es una ciudad turística, no. Gaeta no tiene playas inmensas de arena blanca que atraigan a las masas, pero tiene otros encantos que pueden llamar la atención de aquellos que sepan apreciar lo originario, lo no envilecido por las aglomeraciones de turistas de bronceado nuclear y Nikon en modo automático a los hombros.
Gaeta debe ser algo así como Rota en España. Una gran parte de la ciudad la ocupa una escuela de Marina Italiana y en el puerto se pueden encontrar fondeados navíos de guerra pintaditos en gris perla. Aparte de ellos aparca algún que otro yate deportivo (mayormente nacional) y poco más, por lo menos por lo que pude ver. Tiene un castillo impresionante (por lo menos desde fuera) y una catedral o iglesia grande, no llegué a descubrirlo, que ya quisieran para sí muchas ciudadelas de interior. Pasear arriba o abajo por su laberinto de, en ocasiones casi claustrofóbicas, calles o disfrutar del la brisa asomados al acantilado bajo los torreones es una grata experiencia que te hace recordar con cariño esta ciudad que casi te daba la impresión de estar abandonada.
Pero aquí no pretendo explayarme con la ciudad, sino con uno de sus restaurantes y de lo que en él fuimos partícipes. Un restaurante que es uno de los puntos de nuestro viaje a Italia que recuerdo con una sonrisa en los labios. Se trata de “La Taverna del Marinaio”; creo que la traducción me la puedo ahorrar. Resulta que tras el viaje teníamos gusa y el sol justiciero hacía también de las suyas, por los que nos dedicamos a buscar alguna tratoría o pizzería o local donde pudieran satisfacer nuestros apetitos (gastronómicos). El caso es que con la búsqueda nos recorrimos todo el casco antíguo infructuosamente hasta que, curiosamente, resulta que estaba la “Taverna” justo al otro lado de donde habíamos aparcado nuestro coche (la Machinetta) en zona azul por las próximas 2 horas, habiendo transcurrido ya casi 1 en el paseo anteriormente mencionado.
Lo primero que nos dijimos fue “pinta caro” pues veías al camarero solícito a la puerta y la gente en las mesas con cubertería de acero, servilletas de tela, copas de cristal y botella de vino (o lo que fuera) metida en su cubitera. Además, aunque nos demos el lujo de viajes, luego miramos la pela (sin llegar a ser un Tío Gilito, pero la miramos) y no estábamos para muchas bacanales. Pero el intestino crujía y la lengua ya no valía ni para pegar sellos y además el local tenía bastante clientela, que por añadidura parecía del lugar, por lo que el garito no debía de ser tan malo.
Pues bien, tras elegir mesa y sentarnos, apareció Salvatore; bueno, nunca supe que como se llamaba...quizás Giuseppe, Luigi o Topolino, así que lo bautizaremos con vuestro permiso, o sin él, como Salvatore, que le quedaba pero que muy bien. Salvatore era un hombre en mitad de la cincuentena, mediana estatura, con algo de peso sin llegar a ser gordo; pelo corto a medio clareo y entrecano; pantalón negro, camisa blanca y chaleco gris con libretilla en un bolso, vamos, que no te dejaba poner en dudas que era el camarero; de los que habían pasado toda su vida en el negocio y seguramente hubiera crecido con él. Un profesional, estábamos en buenas manos. Dejamos claro (no hacía falta mucho para eso) que no éramos italianos. Aunque yo me defendía con meritorio éxito en la lengua local, siempre se notaba nada más empezar el intercambio de informaciones, que no se lo iba a poner tan fácil a mi interlocutor. Pero el caso es que con Salvatore hubo desde el comienzo un buen entendimiento, esa “química” que te hacía desechar las malas ideas de “aquí el colega nos ve turistas, nos va a desvalijar pero bien”.
Él por su parte vio con buenos ojos que yo fuera espanhol y que mi polaca esposa fuera tan bella, congratulazione. Atento sin ser zalamero; lo dicho, un profesional.
Así pues empezamos a estudiar la carta para ver en qué íbamos a gastarnos los cuartos. Un vistazo rápido bastó para constatar que los platos, sin ser baratos, no eran excesivos, peeero, ya empezaba el tema con antipasti, primer plato, segundo plato, guarnición, postres y bebidas. Por esos derroteros te dejabas medio presupuesto en la pitanza así que Natalia y yo nos miramos ambos prometiéndonos mesura y procurar comer para vivir y no vivir para comer, que diría mi padre.
Entre tanta vianda en italiano u otro idioma, en el menú, la estrategia de Natalia es tan simple como efectiva (a la par que suele abonar las buenas relaciones con el camarero) y se reduce al “y usted qué me recomienda”? En este caso Natalia le tuteó y en spanish, no por malinterpretable camaradería, sino por que ella -polaca natural como es- aún no domina bien del empleo del usted en la lengua de Cervantes y por que esperaba que la similitud entre ambos idiomas la sacara del paso. Por suerte así fue y, como aparte de eso a Natalia el cuerpo le pedía marisco, Salvatore nos recomendó unos entrantes de Frutti di Mare para dos personas y luego pasó a un primero de pasta con mariscos. Luego quiso pasar al segundo, pero echamos el freno de mano; “quieto Salvatore, no te desemboques!” lo cual tomó con mucha filosofía pues Natalia sí que daba la impresión de llenarse con una bolsa de panchitos. Así que la cosa quedó en los antipasti y un plato de pasta con mariscos para 2 personas.
De bebida Natalia se pidió un zumo de cafeina chispeante y yo la birra del local. Eso sí que pareció decepcionar algo a Salvatore, que supongo esperaría poder sorprendernos con sus mejores caldos de la tierra del Vesubio, pero yo siendo conductor no me arriesgo al fermentado de uva y a Natalia no le gusta beber sola.
En la que se marchó para ir encargando la manduca en la cocina, repasamos la lista de precios y nos asustamos al ver que cada uno íbamos a recibir un plato de pasta por una pasta, pero estábamos en ese punto que dices “bueee...ya que estamos aquí, tampoco lo hacemos todos los días no?” En eso llegaron las bebidas (con el calor que hacía, me tocó el premio gordo, una Nastro Azzurro, a casi punto de congelación, de 660 ml) y otro camarero plantó en la mesa un plato con 2 bruschettas (pan tostado con tomate cortado y aceite), unas aceitunas de tamanho elegante y lo que parecía una ración de chopitos. Yo que me he trillado restaurantes de casi todas las cataduras posibles veía venir el percal de las tapas no pedidas, hábilmente puestas en la mesa y consumidas y luego cobradas (como ya intentaron sin éxito en un local de mucho menos estilo en Roma un par de días antes). Pero con el duodeno gimiendo, la pinta que tenía y el “bueee..” fue un mutuo acuerdo el devorar con gran deleite ese tentempié de bienvenida y no preocuparse por lo que viniera luego.
Tras ello llegaron los antipasti. El plato no es que fuera tan tan descomunal, pero era digno. Nos fuimos repartiendo entre dos el pulpo, el salmón y los mejillones, a la vez que Salvatore se preocupaba de que todo estuviera en orden con sus comensales. Venía y no sólo preguntaba el aséptico “todo bién?” sonrisa y se larga, sino que departíamos como si fuéramos uno más del pueblo; que si su hijo se marchó a vivir a Madrid hace tiempo, que si los barcos deportivos...siempre sabiendo cuando venir a hablar o retirarse estratégicamente; nunca nos molestó su presencia.
Llegó la hora del plato principal. Un surtido generoso de pasta (de cuyo nombre no puedo acordarme) flanqueada de mejillones y otros mariscos. La pasta era buenísima; de las mejores que he probado en Italia. De hecho, fue posiblemente la mejor que haya probado en Italia y fuera de ella.
Pero el hecho que más quería relatar en esta historia, que ya se ha hecho larga en sus prolegómenos, es cuando llegaron los siguientes clientes y se sentaron en la mesa contígua. Si bien el resto de la clientela podía pasar desapercibida dentro de todo el cuadro, era imposible no girar la cabeza ante los nuevos llegados. Quizás sean de difícil definición, pero haré un esfuerzo.
En conjunto eran como la familia Adams (o los Monster, que diría el otro); no de todo por lo tétrico, sino más bien por lo esperpéntico.
Se trataba de un matrimonio con sus dos hijos, o por lo menos la lógica te dejaba deducir éso. Tras oirles un par de cruces de palabras, logramos identificar su país de procedencia (y es que este dato es fundamental para comprenderles en toda su magnificencia). Eran rusos (lo que hace tener un pie en Europa del Este!) y no es que tenga nada en contra de los rusos en general, ni mucho menos; es que éstos debían de ser unos de esos “nuevos ricos” rusos que de la noche a la manhana se encuentran con que salen del Koljós y tienen los bolsillos llenos de rublos, por el oscuro tejemaneje que sea. Esta clase de gente suele, como era en este caso, creerse superior al resto de los mortales y habían cambiado, voluntariamente y con alegría, algunas de las cualidades humanas que más me gustan como la decencia y el respeto por un par de ceros más a la derecha en la cuenta bancaria en Suiza o en Moscú. Algo parecido a esa gente que se compra un coche de grandes dimensiones y les dan a elegir entre el paquete con aire acondicionado supraplús y el paquete multixenon megaguay de luces de feria o el paquete de intermitentes, descartándo ésto último por no verle ninguna utilidad práctica ni de confort.
Pasaremos a describirles en más detalles, para que os hagáis mejor idea del percal, que tenía tela la cosa.
En primer lugar el padre; era un personaje largo, escuchiminizado, muy nervudo. Con barba semicorta y una calva jalonada de largos pelos que llevaban varios días sin lavar. Vestía un pantalón del General de División Tapioca y una camiseta de camionero sin mangas. Tenía cara de duro, de rudo y curtido; de esos mejicanos cutres de gatillo fácil y cerveza Chango que mete Tarantino en sus pelis y a la vez, un poco de pirata idiota de trilogía caribeña de Johnny Depp. El tipo de persona que podrías esperarte en un oscuro y abandonado puerto de mar, con un garfio de cargar fardos en una mano y con la otra mano rascándose la cebolleta. Te lo imaginabas como aquel que le arregla los trabajitos delicados al Putin de turno. Pim pam pum. Nada recomendable. Un tío muy chungo, que diría mi amigo Evaristo.
La mujer...bueno realmente no tenía físicamente nada destacable. Cuarentona sin nada destacable que en sus años mozos debía haber estado de buen ver y por eso lo tocó la lotería con el cosaco de antes. Ahora se la veía un tanto ajada y se notaba que la educación le brillaba por su ausencia. Si sabeís lo que son los modales en la mesa, ya sabéis que es lo que le faltaba a ésta señora. Eso y todo rastro de clase que una dama pueda tener.
Los hijos sí que eran de edición aniversario del National Geografic o episidio especial del Dirty Jobs (con Mike Rowe). El que parecía el mayor, unos 22 veranos, era algo así como la fusión genética de Jay y Bob el silencioso, el uno con el otro. El hermano que nunca tuvieron Beavis y Butthead. Tenía el pelo negro, liso y largo recogido por una coleta y ya se veía que era hijo del estibador de la estepa en cuanto a alopecia se trataba, sin barba. Vestía todo de negro como buen fan de Iron Maiden y consortes y llevaba zapatillas de esas Converse de tela y suela de goma dura (que costaban 4 duros en los 70 y ahora sueltas 60 € por ellas y te quedas tan contento) a juego. Tenía cara de dame un Kalashnikov y te organizo un genocidio en toda regla. En serio, éste también era peligroso. Hablaba despacio, miraba de soslayo y no se reía demasiado.
El que se llevaba el premio del día era el hijo pequeño. Éste sí que era un poema. Cómo le definiría bien...mmm...imagináos a Leonardo Di Caprio embutido en un traje de Rambo made by Ágata Ruíz de la Prada. Sí, creo que ésta definición es bastante justa y acertada. Tendría unos 17 años físicos, 5 mentales e iba peinado como los Beatles, así con flequillo largo y una amplia ralla en medio de también dejaba vislumbrar que los soldaditos del Tovarich del pelo ralo y grasiento (vamos, su padre) habían arrivado puerto satisfactoriamente (quizás renqueantes, pero satisfactoriamente) en la matirz de la meretriz del Volga (vamos, su madre). Éste engendro hablaba y se comportaba como Goofy, con la misma risa gangosa y la misma manera bobalicona de moverse. Uno de las cosas que más nos maravillaban es cómo podía resistir el querubín del Éste los casi 40 grados celsius que estábamos soportando, calzando unas Martens de Dolce & Gabana.
Bien, una vez os habéis hecho el cuadro de los hermanos Tonetti y sus progenitores, continuemos con la historia. Resulta que nadie del pintoresco grupo tenía ni papa de italiano, pero chapurreaban algo de inglés, a lo que la llegada de Salvatore con la carta en el idioma nativo, causó el desconcierto y el pitorreo conjunto. Ya se les ve venir, me pensé yo, Salvatore, mi señora y el resto de los comensales.
El caso que Salvatore, con su muy profesional paciencia, se dedicó a explicar como pudo y con su escasísimo inglés, que qué era cada cosa. Después de unos 5 minutos de dudas, preguntas, traducciones y tachones en el cuadernillo de pedidos, en los que Goofy no desaprovechaba cada oportunidad para manter su estatus de bufón mayor del reino, parecía que estaba claro qué era lo que quería cada uno.
Al poco rato, llegó el otro camarero de antes, repartiendo de nuevo felicidad gastronómica en forma de Bruschetas, olivas y chopitos. Los rusos se las ventilaron sin más dilación, poniendo caras más o menos raras de estupefacción, desconfianza o deleite.
En ello llegó Salvatore con un gran plato de ensalada. Al plantarse delante de la mesa esperando que alguien dijera ésta boca es mía, todos le miraron alternativa e inquisitivamente al plato y a él y con cara de haba nadie quiso sentirse padre del chiquillo. Tras algo de insistencia de Salvatore, tuvo que darse por vencido enarcando las cejas y murmurando alguna maldición en italiano que me gustaría haber escuchado para incluirla a mi repertorio. Eso si, muy profesional, se llevó la ensalada por donde la había traído sin obligarle al polichinela imberbe de diseño, que se estaba descojonando como el pájaro loco, a metérsela por la glotis de una vez plato incluído.
Tras traerle a la concubina del Zar loco otra ensalada con más acierto, volvió Salvatore a la carga con un platazo de prosciutto & melone que me dió de veras envidia y me quedaron ganas de pedirle uno si no hubiera comido ya. Y al llegar, de nuevo el Coro de Varítonos Soplagaitas de Tunguska al completo se negó en redondo y al unísono a decir esta boca es mía y encima ésta vez se partían todos el eje con desparpajo y sin nada de decoro tapándose los ojos y revolviéndose en sus sillas como diciendo “pero quién es el cutre que quiere un plato de jamón, si con eso damos de comer a los perros!” Pero esta vez Salvatore no estaba dispuesto a dejarse vencer y permaneció impertérritó delante de la mesa aguantando estoicamente el suculento plato como un mimo de esos que no se mueve ni para respirar hasta que les suelte un duro, o un euro, o algo que suene metálico.
Al final, el cabeza pelada de familia, que parecía ser el único que había vivido miserias y no solo bondades, decidió adoptar al melón con jamón huérfano, bajo la atenta mirada y las lagrimillas jocosas de su progenie, especialmente del culotierno embuchao en Armani. Al final? Todos zampando del jamón en cuanto les dió a probarlo. Salvatore se retiró victorioso girándose hacia mí en un gesto de complicidad que decía “estoy a punto de descolgar la escopeta de caza del abuelo de encima de la chimenea”; gesto que yo devolví con un “dame a mi, que recargo rápido”.
Tras esas, Salvatore se vino pues a nuestra mesa y nos preguntó que si los despojos de al lado, despreciandores de la buena cocina y los mínimos modales, eran ingleses o de qué coño de país. Le dijimos, que, no que eran rusos y que cuánta mierda había que aguantar para ganarse los garbanzos, con lo que no pudo estar más de acuerdo.
Luego al jovenzuelo sodomita de portada del Vogue le trajeron su plato de escalopines en salsa, a lo que no rechistó mucho. Al batería de Spinal Tap creo que un plato de macarrones y al comisario político de los barrios bajos un plato de espaguettis que doblaba al nuestro. Era realmente monstruoso, a lo que pidió y no sin razón, que se lo porcionaran para compartirlo con su jamelga calentona. Ahí nos dimos cuenta que realmente los platos de pasta que nos habíamos pedido, eran uno que habían porcionado. Simplemente inmensos.
Ya contentos todos los saltimbanquis siberianos, al icono ortodoxo del Heavy Metal le faltaba (y de hecho lo hacía) algo con que limpiarse el hocico y las pezuñas, así pues llamó al “Mister” (la madre se tronchaba todo orgullosa de las ocurrencias de su hijo, y de lo bien que había aprendido a expresarse en la Universidad privada de Perogrullov donde dan los títulos a tantos rublos el kilo) y pidió “paper”; pero claro lo ponunció así como “paper” y no “peiper” así que Salvatore entendió “pepper”, pimienta, que en italiano además es “pepe” o algo similar. Salvatore, por primera vez veía en ellos un destello de luz en la oscuridad, un atisbo de gusto en la inmundicia, corrió solícito a traerle un molinillo de pimienta al barbaro que había querido especiar adecuadamente la pasta. Al llegar, el retorcijón roquero de Columbine le miró con desprecio y agarró una servilleta de papel que tenía Salvatore y gritó “paper” a la vez que sacudía la cabeza reprobador ante la ineptitud manifiesta de su esclavo temporal italiano. Salvatore le dijo, empezando a perder los papeles (viene al caso) y elevando ligeramatente el tono “Ah!, servilletas!” (“idiota”, se quedó con ganas de rematar) y se retiró, esta vez seriamente herido en su orgullo, y volvió con un montón de servilletas de papel (no de tela, como teniamos en los privilegidos) y se las plantó medio bruscamente delante del plato a la par que le dijo, sin bajar ni una octava su último tono, y en un perfecto italiano, que esas cosas de papel que iba a usuar para limpiarse los deditos y la boquita se llamaban s-e-r-v-i-l-l-e-t-a-s y que aprendiera a hablar como las personas mayores, aunque fuera en inglés, de una cochina vez.
Bueno, nosotros a lo nuestro. Natalia le pidió un capuccino a Salvatore y al rato regresó para disculparse pues se habían quedado sin leche, a lo que Natalia le pidió una segunda cocacola, pues algo más quería beber.
Los Teletubies eslavos, con el Tinky-Winky siniestro a la cabeza y Dipsy, el onanista imberbe del medio hervor, cerrando filas siguieron zampando y soltando chanzas sobre lo buenos, bonitos y baratos que eran ellos (y posiblemente cultivados) y lo bárbaro y malo malísimo que era el pueblo llano, estuvieran en el país que estuvieran. Y nosotros habríamos seguido descojonándonos del Rey desnudo, pero el ticket del parking se acababa y ya nos tocaba la hora de irnos, así que le pedimos a Salvatore la dolorosa, intrigados por su cuantía hasta que llegó ésta: 30 € por todo, flipante, si no nos fuéramos a ir al día siguiente para Brindisi, a una porrada de kilómetros, volvíamos lanzados a esta maravilla de Taberna, aunque nos hubiera costado más. Por eso también os la recomiendo. Encarecidamente.
Cuando Salvatore nos dejó la cuenta, nos dijo complaciente, que nos había hecho un descuento. Para latinos, ya se sabe, dijo. Y cierto era; la segunda cocacola no figuraba en la cuenta, ni el pan que te clavan religiosamente ni el plato de bruschetas y chopitos. Habíamos tenido suerte ese día, nos siguió diciendo, ésta vez sin palabras pero con su profesional mirada: Non ti preocupari, decían sus ojos, que hoy no pierdo dinero; otra mesa no muy lejos de aquí va a sufragar muy pronto el descuento que con gusto les he concedido a mis buenos nuevos amigos...